viernes, 26 de octubre de 2007

La vida de Eloisa

La Tía Eloisa me llaman hasta los vecinos de mis nietos, llegue a Cali en 1956 con mi segundo marido, Enanías, mas bien conocido como hernán, esperando declararnos damnificados de la explosión del siete de agosto, arribamos con pocos corotos a un estacionadero que tenía la flota magdalena en la calle 10 con 16. Eramos paisas recien bajados de la montaña de balboa, caldas, veniamos huyendo de la violencia de los vecinos de la celia, habiamos caminado un día hasta pereira, donde hernan consiguio los tiquetes en la flota que nos llevaría a nuestro destino, habrá sido jugado a los dados y haciendo trampa, como solía ganar. Caminando por la misma carrera del estacionadero, vimos un joven muy atractivo parado en una puerta de lo que parecía una oficina, al frente habia parqueado un automovil nuevo un Bel Air del año, según supe después. El hombre levantaba el ala del sombrero mientras nos veía pasar recien desempacados, realmente solo me miraba a mi de abajo a las tetas, y se devolvía a repasarme, mientras torcia la boca y el bigote, para saludar como buen acento paisa, buenos días, señores!. Hernan despierto como era, se dirigió al joven y extendiéndo la mano le contestó, Buenas patrón, de casualidad usted tiene trabajo para la señorita? Es muy despierta!, me sorprendió que no pidiera oficio para él, pero luego entendería su liberalidad. Francisco como se llamaba el joven era socio de su hermano mayor, Alvaro, ambos habian llegado a la ciudad desde san roque antioquia, y ahora tenían mucho éxito vendiendo en las plazas de mercado y en galerías, frascos de vermífugos, de cremas y de unguentos milagrosos que alvaro preparaba en el patio y que pacho salia vender en el Chevrolet Bel Air por todos los pueblos del valle y caldas. Por casualidad entonces resulté siendo la primera empleada de la floreciente industria, mis actividades iban desde organizar la oficina, hacer el tinto, batir y cuidar las marmitas de fabricación, envasar el producto, hacer llamadas, llevar el correo y, de vez en cuando, una rumbiadita con pacho. Hernán rapidamente se ubicó como ayudante en un bar de la carrera octava, rentamos una piecita en el barrio sucre, a ambos nos quedaba cerca del trabajo. Un año después compramos un lote en salomia y en seis meses ya teníamos una casa de dos cuartos, en medio del barrio nuevo de obreros de la zona industrial de la pujante ciudad. Mi marido resultó un duro para lo que ahora llaman entertaiment, se hizo socio del bar, luego abrió una sucursal y se amplió el negocio a una casa de citas, el coche rojo muy popular entre los caleños hasta los años setenta, entre tanto yo habia parido dos niños y una niña, ya me quedaba en casa de día y manejaba los suministros de los negocios de hernan. A veces lo acompañaba de noche a los bares, me entristecia la musica, especialmente los tangos, esta noche me emborracho, mi noche triste, duelo criollo, y otras barbaridades hermosas y melancólicas, pero me facinaban las mujeres, casi todas traidas de la zona cafetera, paisanas al final y al cabo, con historias de abusos y abandonos, de miedos y esperanzas, las mejorcitas las ascendiamos del cabaret de la 19 con octava al coche rojo. Las muchachas vivian internas, se trataban duro entre si, se robaban sus afeites y sus avalorios, algunas empezaban abusar de las drogas, entones me temían porque las devolvía al cabaret o las echabamos a la calle. esa opción sabían sería una vida de degradación extrema. Al morir hernan por los excesos nocturnos del acompañar a los clientes a beber y de probar la calidad de las muchachas, termine sin quererlo de madama, entonces me bautizaron tia Eloisa, enérgica maneje con mano de hierro el personal de los locales, me deshice del cabaret, y abri dos discotecas , que entonces llamaban grilles, uno de ellos el escondite se hizo muy famoso porque de él era habitual uno de los jefes del cartel, miguel al que casi no trate, que era gustador de la salsa clásica, de las mujeres hermosas, que ya no eran inmigrantes sino locales, unas trigueñas dulces como una palmera, la familia crecia y prosperaba, cada semana arrimaba a mi oficina en el escondite francisco, mi antiguo patrón el dueño del lindo Bel Air, con los años nos habiamos convertido mas en complices que en amantes, me traía obsequios de sus periplos de viajero. Cincuenta años después de nuestra llegada, la ciudad es otra, grande sucia y desordenada, los negocios originales fueron languideciendo, mis hijos ya profesionales se hicieron socios del laboratorio de los hermanos de san roque, el cual se ha convertido en un emporio industrial, la familia ahora es muy respetable, ambos se casaron con damitas caleñas raizales muy distinguidas, uno el mayor pertenece a la junta de la cámara de comercio y el otro a la del club colombia. Por eso no estoy de acuerdo con los resentidos que se quejan, porque nuestro país no ofrezca oportunidades, mire que hasta las putas si hacemos patria, progresamos.

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